Solía pensar que existían mantos que cubrían la ciudad, compuestos de distintos tipos de sol, aire, y luz. Entonces la tarde, la mañana y la noche eran cosas tan concretas que casi se podían tocar. Era dulce la idea, ya que a partir de eso podía fantasear con levantar la punta de uno de esos mantos y hacerle una trampa al tiempo, sintiendo el calorcito de las 15 aunque fuera ya muy tarde.
Hoy mientras caminaba por lugares que no sé si conocía descubrí que surgió en mí otra teoría (las teorías siempre las digo bajito, como si fuera en secreto, ya que tengo que pretender que estoy segura de que la verdad es otra): el tiempo es uniforme, lo que cambia es la ciudad, que son muchas ciudades.
Entonces entiendo por qué me pierdo en lugares que en ocasiones supe transitar, por qué las mismas casas son en verdad tan otras, por qué resaltan unos y otros personajes...
La ciudad de las tardes lluviosas de sábados le da especial importancia a los autos, sobre todo si es otoño: entonces es cuando ellos me gustan, porque sirven de lienzo a las hojas amarillas (y cuanto más antigüo el auto, más hermoso el resultado).
La ciudad de las mañanas de los jueves y algunos lunes brilla más que el resto. Es como si estuviese hecha de otra cosa, todo es transparencia y el sol parece recién hecho.
La ciudad que piso hoy de a ratos es casi casi aquella ciudad que pisé con alguien que quise, pero cuando pasa ese instante me doy cuenta de que sólo me pareció, y que a aquella se le acabó el tiempo. Hay ciudades para todo.
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