La vida se pone rara cuando uno anda enamorado por ahí.
Las nubes se te enganchan en el pelo, los gurises te miran distinto (ellos se dan cuenta), el viento te recita poemas despacito, la lluvia cae liviana y el tiempo es menos lineal, especialmente por las noches.
Lo ridículo de la situación queda en total evidencia porque uno tiene que seguir con su vida, yendo de aquí para allá, tomándose un colectivo, haciendo un trámite, cruzando la ciudad. Como si nada pasara.
Como si no tuviéramos el amor atado con piolitas a nuestro cuerpo, incómodas y molestas, porque el amor pesa pero se vuela.
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